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Mosquitos: 500 litros de sangre a la semana

Esta historia no es mía, es de un escritor llamado William T. Vollman. Yo la leí hace años y no la recuerdo. Así que voy a tratar de llenar los espacios vacíos de mi memoria con estas escenas terroríficas. 

Recuerdo el tema: 

Mosquitos. Y también una mujer.

Una mujer que él dignifica, pero yo arruino, de manera misógina, como si tuviera repulsión de su alma por lo que le pasó. Pero eso es mi cobardía y no tiene nada que ver con el alma de esta mujer. 

Y lo que quiero decir es que  estoy seguro de que voy a dañar, a destrozar el cuento de Vollman. Así que si quieren ir a la fuente, pueden leerla, se llama: 

“El profeta en la carretera”. 

mosquitos asesinos del Yukón

La historia sucedió en el Yukón, al norte de Canadá. Una zona helada donde la temperatura nunca ha subido de los cero grados en invierno, de hecho, siempre está en el promedio de los 15 grados bajo cero, llegando a veces a menos 60. 

Pero los protagonistas de esta historia no son los aborígenes de la era glaciar. Hay, sin embargo, entre los protagonistas, una mujer descendiente de los aborígenes atabascanos. Una prostituta. Una prostituta que baila para los camioneros que tienen que atravesar la zona del Yukón para llegar a Alaska. 

Esta región fue habitada por aborígenes que escaparon de una era glaciar. En esa época la región debió haber sido mucho más cálida.  O quizás en la era glaciar, menos veinte grados bajo cero era lo más cálido que podías estar. 

Hay también un hombre que quiere cruzar la zona. Es árabe, o parece árabe, y sus motivaciones nunca se aclaran. Tal vez salir de esta zona helada debería ser una motivación suficiente.

Al inicio de la historia, alguien cuenta que un hombre fue comido por mosquitos. No cómo una metáfora, no cómo cuando alguien nos dice que un mosquito lo comió a picadas 

En este caso, un hombre fue literalmente -comido- por mosquitos. Cuando lo encontraron, solo hallaron sus huesos.

Cuando los mosquitos pican, despliegan un aparato que se llama proboscis. Por ahí absorben la sangre; pero para absorber sangre necesitan que esta no se coagule. Para eso vomitan unas enzimas que destruyen las células. Y así la sangre se transforma en un líquido refrescante que absorben por sus proboscis; cómo sorbetes en un vaso de coca cola. 

Ahora, si un mosquito, o hasta diez mosquitos, te pican al mismo tiempo, no pasa nada, solo tienes granos que producen escozor, porque las células destruidas tienen un proceso infeccioso. Pero si cientos de miles de mosquitos te pican al mismo tiempo, tus células se empieza a destruir como si alguien te inyectara ácido debajo de la piel por medio de una fina aguja. 

Tu carne se va a deshacer. Se va a hacer líquida. Y aunque sería un proceso largo, supongo que es posible que al otro día te encuentren solo en huesos. 

Alguien va a decir que tu carne se evaporó mágicamente en el aire. 

Esa es una teoría en todo caso. Es posible que la gente haya exagerado esta historia.

Quizás solo encontraron a un hombre muerto, y la exageración ocurrió porque este hombre tenía tantas picaduras que parecía una mórula infectada. O quizás el cadáver estuvo ahí durante meses y fueron animales salvajes y bacterias las que dejaron el hueso limpio. 

Sin embargo, hay otros datos sobre los mosquitos en la región del Yukon. Por ejemplo, si alguien quisiera medir la cantidad de mosquitos que hay en esta área, podría colocar un domo, del tamaño de un estadio de fútbol; si hiciera esto lograría encerrar a un billón de mosquitos. 

Y si un hombre se queda atrapado en ese domo (y ese hombre es el único alimento que este billón de mosquitos consigue), tardarían menos de un segundo en absorber toda su sangre.

Por eso los animales del Yukón parecen haber hecho una tregua con los mosquitos. 

Las ranas por ejemplo, tienen la piel tan gruesa que es impenetrable para las proboscis de los mosquitos. Además, todo lo que tienen que hacer es abrir la boca para llenarse de alimento. No se tienen que mover y son obesas. Lo mismo pasa con los murciélagos, que se han acostumbrado a una vida sin esfuerzo. 

Se podría decir que su evolución se ha terminado, o que los mosquitos han domado a sus depredadores, usándose a sí mismos como sacrificio. Sus depredadores nunca van a comerse a todos los mosquitos del Yukón, y entre más sobrevivan, más se van a reproducir.

Las víctimas de los mosquitos, en cambio, como los caribús, una especie de ciervos que viven en los bosques del Yukón, tienen un pacto distinto:

Se dejan picar por miles, perdiendo una pinta de sangre a la semana; eso es medio litro de sangre por cada ciervo. Existen 1000 ciervos en los bosques del Yukón, eso quiere decir que los mosquitos beben 500 litros de sangre  la semana. Eso son 23 botellas grandes de coca cola al día. Solo que en lugar de coca cola, están llenas de sangre. 

Y aun así, los mosquitos son tantos, que muchos se mueren de hambre, nacen para secarse a los pocos días, sin nada que comer.

Por eso cuando detectan un humano van todos , juntos, como una nube negra hecha de ruido. Directo a los brazos, cara, cuello o lo que sea que ese humano tenga expuesto.

Atacan en la noche porque sus ojos captan el calor de nuestra sangre fluyendo. Para ellos somos solo arterias móviles llenas de alimento. 

Hay varias historias entre humanos y mosquitos en el Yukón. Una dice que se comieron a un bebé de un año, que su madre dejó un rato en el patio para tomar el sol. Cuando regresó, el bebé estaba desmayado, cubierto de una capa negra que chirriaba y se movía como arena negra tratando de ingresar a su boca. Eran tantos que habían atravesado la malla de protección de la cuna.

Otra persona cuenta que tenía que llevar provisiones a un refugio en una de las montañas. Cómo ningún auto o camioneta podía ingresar, la entrega debía hacerse por helicóptero. 

Cuando el piloto se acercó a la zona, creyó que había un hombre que le estaba guiando con banderas hacia el lugar de aterrizaje. También creyó que tenía puesto un pasamontañas negro sobre la cabeza.

Este piloto recordaría así el suceso:

“… Creí que se había cubierto el rostro por el frío, con un pasamontañas de lana negra. Pero entre más me acercaba, más parecía que el pasamontañas se movía, de la misma manera que cuando ves el mar formando olas. Además tenía estas banderas largas y negras que yo creí eran las guías para dirigirme, pero al poco tiempo me di cuenta de que sus señales no tenían sentido y que estas banderas se alargaban hasta las hélices, como si la tela se estuviera deshaciendo en pequeños hilos. 

Cuando estuve cerca, entendí todo. No eran banderas y no era un pasamontañas y el hombre no me estaba dirigiendo. Eran miles de mosquitos, aferrándose a su rostro para no ser absorbidos por la inercia de las hélices, parecía que mientras luchaban por su vida aprovechaban para tener una última cena. Chupaban la sangre de ese hombre mientras luchaban por sobrevivir. Los mosquitos que no lo lograban se sostenían unos a otros, formando estas banderas o redes largas que se destruían al contacto de las hélices. 

Desde el hombre salía un sonido parecido al chillido de un cerdo. Movía los brazos tratando de pedirme ayuda. Los mosquitos se movían junto a sus manos produciendo el efecto que yo confundí con banderas. El hombre gritaba hacia adentro, usando su esófago, porque tenía miedo de abrir la boca.”

Asumo, o espero, que ese hombre se haya salvado con la ayuda del piloto. Si no, este solo presenció una muerte terrible.

Y eso me hace pensar:

¿Cómo es morir devorado por mosquitos?

¿Es doloroso? 

¿Cuánto tiempo toma?

¿A qué se parece?, ¿Al ácido? A morir quemado por ácido. El ácido también daña la composición molecular de las células. No se queman realmente, uno no muere quemado, muere porque las células se van desintegrando poco a poco. Primero la piel y luego lo demás.

Cuando la piel se quema por contacto con ácido, pica, produce escozor, esa es la sensación de tus células desintegrándose. Por eso las enzimas que los mosquitos inyectan, pican. Por eso te rascas, a veces hasta el punto de sangrar, por que quieres aliviar el dolor. 

Si un mosquito te pica, el dolor es imperceptible; porque la proboscis de un mosquito, que solo mide 0,1 milímetros, es inofensivo. Pero cuando son millones, al mismo tiempo, es quizás una de las peores muertes.

Y así, con esta introducción, puedo contar la tercera historia. La que yo no recuerdo bien. De la que solo recuerdo los detalles terribles, como todos los otros detalles de esta historia. 

Está contado en primera persona, pero esa persona no soy yo y tampoco puedo decir que sea Vollman, pero dice asi:

“En el Yukon, los mosquitos eran más gordos y lentos. Se pegaban contra los parabrisas de los camiones hasta formar una red semitransparente que a veces servía para cubrir el sol de la tarde. Podías usar gafas de sol, pero los camiones preferían dejar que los cadáveres de mosquito se vayan acumulando en los vidrios, hasta formar un protector solar, hecho de mosquitos muertos.

A veces, en las tardes húmedas, se formaba un arcoíris en el horizonte y el espectáculo era hermoso y digno de verse, por eso los conductores que atravesaban el Yukón, preferían encender los limpiaparabrisas y aplastar a los bichos. 

A estos no les importaba morir, porque eran tantos que eran invencibles. También eran infinitos. Si uno moría, cien más nacían de ese cadáver putrefacto. Su mecanismo de supervivencia era la reproducción. Existían antes de nosotros y van a estar cuando al fin nos vayamos.

Pero por ahora, servían de gafas naturales contra el sol. Y cuando había arcoiris, servían de lubricante para las plumas del parabrisas. 

Esta, la tarde cuando pasó, era una tarde con arco iris.

Los camioneros podían distinguir entre los que tenían experiencia pasando por las montañas del Yukón, de los turistas. Sólo tenían que fijarse en sus parabrisas; los que tenían el parabrisas manchado de marrón, por todos los mosquitos aplastados, esos eran los turistas. Llegaban a la estación de servicio con las plumas gastadas. 

Había un mostrador dedicado exclusivamente a ellos; estaba lleno de productos para limpiar los parabrisas. Para hacer un dinero extra, los dueños de la estación de servicio le habían puesto precio a la presión del agua en las mangueras. Sabían que todos iban a llegar a barrer los mosquitos pegados a las carrocerías. 

Todo lo que tenía que ver con estos insectos tenía un precio extra. Incluso el sexo. 

No había una sola mujer entre todos los hombres que venían a descargar o cargar gasolina en la estación. No sé si tenía que ver con los mosquitos o con los hombres. 

Una bailarina que a veces se ganaba el dinero como prostituta, tuvo una idea,  pensó que en la estación de los mosquitos, los hombres iban a querer pagar por tener sexo con ella, tomando en cuenta el lúgubre paisaje, la cantidad de tiempo que tomaba cruzar por esta zona y la falta de mujeres.

Por lo que sucedió después, supe que la mujer era descendiente de los indígenas Chipewyan, con padre alcohólico y madre muerta. Pasó hambre durante mucho tiempo y su piel estaba llena de cicatrices pequeñas que podrían ser miles de picaduras de mosquito que recibió cuando era niña, o posiblemente haya sido varicela. 

El problema era que casi ningún hombre quería contratarla. No sé si porque no tuvieran ganas o porque nadie quería dejar su piel desnuda a merced de los mosquitos. 

Aun así, ella  podía comer al menos una vez al día gracias a que al menos uno de todos esos camioneros, se decidía a gastar unos dólares por un momento con ella. “Gracias”, es lo que ella decía cuando uno de ellos accedía. Como si le estuviera agradeciendo un día más a Dios.

El día que le pasó lo más horrible que le puede pasar a una persona, llegó temprano y se puso a vender cerveza. Había sacado esta idea luego de ver propagandas en la tele, se había convencido de que los hombres que salían en las propagandas de cerveza eran iguales a los hombres que veía en la estación. 

Pero no tuvo ningún cliente. Y en la tarde se había quedado sin comer. 

Hasta que llegó una camión del que se bajó un hombre que tenía una pelota negra sobre la cabeza. No era un casco precisamente, pero parecía uno. 

La pelota negra eran miles de mosquitos tratando de succionar la cabeza de este hombre, amontonándose uno encima del otro.

¿Como este hombre era capaz de soportar las picaduras?

Se había puesto una media nylon sobre la cabeza, un invento casero que no funcionaba para nada pero al menos le dió prestigio. Nadie se iba a olvidar la imagen del hombre con la cabeza negra que palpitaba

Para entender el movimiento que su cabeza emitía, uno debe pensar en un panal de abejas y pensarlo desde lejos y en la oscuridad. 

Cuando el hombre se retiró la media nylon pudimos ver la magnitud de su ingenio, fue atrapando a cada uno de los mosquitos, en una especie de bolsa hecha de nylon.

Con alegría, y sabiendo que todos los demás lo observaban, sacó un fósforo de su bolsillo y encendió a los mosquitos. Vimos una bola de fuego que se apagó instantáneamente. Ahí supe que cuando alguien quema mosquitos huele a sangre quemada. 

El hombre, este hombre, parecía un árabe, pero nunca supe su nacionalidad. 

Tenía la cara sucia, o poco uniforme y brillaba por el aceite excesivo de sus poros. Fue él quien salvó a la mujer, contratándola inmediatamente, incluso antes de llenar su tanque o de lavarse. Solo la metió en la cabina de su camión y estuvo con ella un rato. 

Cuando se bajaron lo primero que ella hizo fue comprarse algo de comer y lo primero que él hizo fue lanzarse agua en las axilas y luego en la cara. 

Le pedí a él y no a otro camionero, que me sacara de la zona, un poco por azar y un poco por confianza. Por su truco de venir con una media nylon en la cabeza para protegerse de los mosquitos.

No me refiero a confianza fraternal, sino la confianza que te da alguien que hace cosas extraordinarias, en oposición a alguien que es reservado y de quien no puedes leer sus intenciones, a fin de cuentas creo que quiero decir que pensé que no me iba a robar o algo parecido. 

Me dijo que estaba dispuesto siempre y cuando yo estuviera dispuesto a esperar un rato porque tenía que mear, y con un chiste me hizo entender que a veces hacía tiempo para ver si su cuerpo se decidía a cagar también, porque los mosquitos no desaparecen hasta 100 kilómetros después, y eso a la velocidad que debía ir, era el mismo tiempo que le tomaría a su cuerpo decidirse a cagar en media carretera. Y él no se iba bajar en medio de esa carretera, porque una cosa es dejarse picar la cara, bajando un poco el vidrio, pero otra es bajarse a ofrecerles el culo a un millón de mosquitos.

“No soy un maldito venado” me dijo antes de meterse al baño.

No me di cuenta de que la mujer estaba bailando de nuevo, tratando de probar su suerte con otro cliente, para tener otra comida en el día antes de irse, o quizás para alimentar a alguien que dependía de ella. El baile no ayudaba, estaba cansada y hubiera sido mejor si no hacía nada. Pero siguió bailando. Con esperanza. No sé de qué. 

Los camioneros se daban cuenta de su tristeza, de su desesperación, y se les hacía incómodo. Tal vez todos pensaban lo mismo que yo y al final nadie estaba dispuesto a contratarla, porque todos hubiéramos sabido que lo hacíamos por pena. Y nadie por aquí tenía dinero para gastar en pena. 

Cuando la noche llegó, el árabe se dispuso al fin a partir. Seguía pensando que sus intestinos lo iba a llamar al baño en medio de esos cien kilómetros llenos de mosquitos. Le comenté que si nos hubiéramos ido antes ya estaría en otro baño, lejos de estos. No le gustó mucho mi cometario, dijo que estaba entre la espada y la pared porque entre más tiempo pasaba más pensaba que su cuerpo le iba a pedir descargo, y ya no quería tomar el riesgo. 

Por eso nos quedamos hasta la noche, incluso hasta que vimos a la mujer irse, con un grupo de camioneros que no parecía que fueran clientes, sino solo un grupo de buenos hombres dispuestos a ayudarla a llegar a su destino. Ella se había lavado el maquillaje y se había puesto un grueso saco de lana encima del vestido.

Nosotros salimos unos 45 minutos después de ellos. 

Cuando entramos a la zona de mosquitos, creí que iba a estar preparado, luego de todas las historias que había oído, pero nunca estuve en un lugar del mundo donde los mosquitos suenen más que los grillos o las ranas. 

El árabe me dio instrucciones para pasar esos cien kilómetros, pero todas estas instrucciones se podrían resumir en una: Por nada del mundo, por nada, debía bajar las ventanillas. 

El camión parecía estar atravesando más una materia sólida hecha de exoesqueletos que aire.

Pensé que los mosquitos debían estar metiéndose a través de la parrilla delantera del camión como si este fuera una aspiradora. 

Pregunté si el filtro de aire iba a aguantar tantos cadáveres y me dijo que ya lo había probado antes,

Se queman adentro, el verdadero problema es cuando el humo se empieza a filtrar al interior, se te quema la gargantadijo con una sonrisa que parecía llena de maldad.

Y no supe si era broma o no, pero también dijo que no estaba seguro de si el humo de tanto mosquito cocinado entrando en los pulmones podía producir una enfermedad. 

Me empecé a preocupar cuando mi nariz parecía estar encendida en fuego y entendí porque me repitió tantas veces que no baje la ventanilla, en ese momento era todo lo que quería hacer, necesitaba respirar otra cosa que no sea ese olor a enzimas asadas con sangre de venado. 

El árabe me contó que hace unos años habían encontrado un auto, estrellado contra un tronco viejo. Adentro, el conductor, estaba pegado al volante, cuando lo levantaron una masa pegajosa se estiró, llena de sangre y una materia amarilla. Los mosquitos se habían comido su cara, la causa de muerte sin embargo, se mantuvo en misterio. Pudo haber sido que se ahogó adentro del auto, o que bajó al ventanilla y los mosquitos empezaron a picarlo al punto de que perdió la concetración y chocó. O quizás, murió comido por los mosquitos.

Tenía la esperanza de que haya sido por el choque. 

Me contó también otras cosas, que no se relacionaban con los mosquitos o la muerte, se relacionan simplemente con el trabajo. Cualquier trabajo, el trabajo de los hombres, lo que se hace para salir adelante.

¿Delante de que? No tengo idea. 

Le pregunté si tenía esposa y solo negó con la cabeza.

Me imaginé después que me iba a decir algo como “Se la comieron los mosquitos” y si me lo hubiera dicho no hubiera sabido si era broma o si era algo que de verdad ocurrió. En este punto de la carretera todo era posible.

Los mosquitos habían formado una gruesa capa de nitrógeno o de lo que sea que estén hechos sus cuerpos y ya no se podía ver nada.

Estábamos a ciegas. Por suerte los caminos del Yukón son rectos, no hay una sola curva. 

Todo es tundra después de todo. En cualquier otro lugar, hubiéramos muerto por falta de visibilidad. 

Y esta situación me hizo pensar de nuevo en ese conductor ¿por qué se chocó en un lugar donde no hay donde chocarse?.  

Me imagine que hubiera pasado si los mosquitos fueran más grandes, del tamaño de nuestros puños, o del tamaño de nuestros cuerpos. Creo que ni siquiera existiríamos, porque de que se iban a alimentar si eran gigantes. Me imagine que la tierra tendría que estar hecha de sangre para que puedan alimentar.

Pero fue ahí que algo cambió. Hasta ese punto, los que se estrellaban contra el parabrisas iban dejando un rastro marrón, como si se hubieran alimentado de barro o basura, pero ahora iban dejando rastros rojos, como de sangre fresca. 

Y fue en ese momento en el que la vimos. 

A la mujer. La mujer que se hacía pasar por prostituta para poder comer. 

Estaba contorsionando su cuerpo en medio de esta nube salvaje de mosquitos. Bailando, como si estuviera  ofreciendo sus servicios en medio de este infierno helado.  

Pero ¿Porque? 

Cuando estuvimos cerca, cuando pasamos a su lado, nos dimos cuenta , no era un baile. 

No estaba contorsionando su cintura al ritmo de sus brazos, estaba tratando de arrancarse la piel. 

Cuando vio las luces del camión, cambió los gestos. Nos quería pedir ayuda pero tenía miedo de abrir la boca, porque eso hubiera significado que los mosquitos entren al interior, donde estaban sus órganos repletos de sangre. Se estaba diluyendo por fuera y no quería que le pase lo mismo por dentro.

Era por eso que se movía con espasmos, debido a los miles de mosquitos que se estaban comiendo su cuerpo mientras nos pedía ayuda. 

El árabe no quería frenar. 

No quería hacerlo porque eso significaba que debía ayudarla y ayudarla hubiera significado bajarnos a sufrir lo que ella estaba sufriendo. 

Quería pasar de largo, que los dos hagamos una tregua silenciosa en la que fingíamos no  haberla visto. 

Pero yo abrí la boca.

Tenemos que ayudarla dije

Él no dijo nada, porque sabía que sí.

Soltó el pie del acelerador, no frenó, dejó que el camión se detenga por inercia propia. Estaba buscando la última excusa para no enfrentarse a la mujer que horas antes estuvo adentro de la misma cabina, con él, compartiendo saliva. 

Corrió hasta nosotros, arrastrando la nube de mosquitos detrás de ella. 

Un humano corre 28 veces más rápido de lo que vuela un mosquito, pero ellos se multiplican, si dejaba atrás a uno, un millón más estaban delante, todos persiguiendo la sangre que salía por su piel reventada.  

Se acumularon alrededor de la camioneta. En pocos segundos ya no veíamos nada, ni siquiera sus formas. El sonido era espantoso, como cintas de agujas atravesándonos los tímpanos. Estaban esperando, querían que abra la puerta. Y la  mujer también. Ella golpeaba desesperada el vidrio, aplastando a los mosquitos en cada golpe que daba, formando una masa que era  inmediatamente suplantada por otros mosquitos. 

    — ¿Tiene otra media? Le pregunté al árabe.

    — Ya se lo hubiera dado. Me contesto

    —¿Cuando abra la puerta, que va a pasar?pregunté—.

    —No sé… nunca habia hecho esto dijo—. 

Y entonces la abrí. 

Y lo que pasó es el rostro de la mujer, inflado, en ampollas, o mórulas divididas, como una mora. 

Lo que había sido su rostro era ahora glóbulos violetas de sangre remordida. No podía encontrar su nariz. 

En otros lugares la piel había cedido a las picaduras y la carne se había dado la vuelta. 

Los mosquitos estaban tratando de ingresar por los poros abiertos. 

Parecía que ya habían hecho esto antes: Sacrificarse, picando unos encima de otros, hasta abrir la piel. 

Jalé los brazos de la mujer para meterla antes de que más mosquitos se metieran a la cabina y cerré la puerta. 

Cuando vi sus piernas pensé que se había puesto una malla negra debajo del vestido para proteger su piel. Pero no. Eran mosquitos. 

En el cabello de la mujer estaban enredados, muertos y formando una red áspera, mezclados con sangre que brotaba de un hueco que tenía en el cuero cabelludo. Parecía que alguien la había golpeado con algo hasta romperle la cabeza.

El árabe nos bañó en insecticida. Al punto de que me ardió la piel y ella lanzó un grito de dolor. Ciertas zonas cortadas de su rostro se llenaron de espuma.

Los mosquitos la habían picado al interior de los párpados, cuando los abrí para tratar de limpiarla, me tope con una bolsa de mosquitos, algunos aún vivos, tratando de moverse. Los aplaste con los dedos y luego revise los ojos de la mujer. Sus glóbulos oculares parecían reventados, eran dos bolas blancas con la textura de un borrador de lápiz húmedo y con brotes de sangre. Esta sangre bajaba en gotas por el resto de su rostro hinchado, hasta su barbilla donde las gotas se acumluaban en una costra. Ahí un enjambre de mosquitos seguía intentando alimentarse de esta bolsa de manjar nutritivo.

Limpie a la mujer todo lo que pude, y ella me vio y me dio las gracias. Apenas podía entenderla porque su lengua estaba hinchada y con sangre. 

Nos contó lo que había pasado. 

Los hombres con los que se fue, habían frenado en media carretera para usar sus servicios. Para ella fue como una bendición, iba a tener más dinero. 

Les exigió un pago a los dos, no un solo pago por ambos

Ellos aceptaron, solo querían desahogarse un rato.

Le dieron el dinero y empezaron a tocarla. No la abusaron, todo sucedió dentro de los límites de su trabajo. Tampoco le hicieron daño, no la golpearon ni nada de eso. Pero cuando terminaron los vidrios estaban empañados por dentro y llenos de mosquitos por fuera, y a uno de ellos se le ocurrió la idea de dejarla en medio para ver qué pasaba, y contra su voluntad, la tiraron por la puerta.

Al principio les dio risa, y seguramente tenían la intención de que solo sea una broma, pero cuando vieron lo que los mosquitos empezaron a hacerle a la mujer, tuvieron miedo. No quisieron abrir la puerta para enfrentarse a eso así que la dejaron ahí, y se fueron.

Los mosquitos la atacaron inmediatamente y ella trató de correr, pero no había a donde. Así que intentó cavar un hueco en la tierra para meter la cabeza, pero la tierra estaba congelada y sus manos empezaron a sangrar, además, por quedarse en un solo lugar durante más de un minuto, los mosquitos habían encontrado un camino hacia su cerebro, metiéndose por sus oídos. 

Corrió otra vez y cuando encontró una piedra, empezó a golpearse la cabeza con la intención de matarse. Pero solo logró rompersela, Luego intentó ahogarse en la tierra, pero ni siquiera pudo hacer eso, las picadas eran tan insoportables que no pudo suicidarse. 

Escuchó el ruido de un camión y fue corriendo de vuelta a la carretera, pero no quisieron ayudarla, pasaron de largo. Dos camiones más lo hicieron hasta que nosotros llegamos. 

Y su primera intención fue meterse debajo de las llantas, pero reconoció el camión, era el mismo en el que había estado más temprano y tuvo fe. Tuvo esperanza de que el el árabe, la reconozca.  

Pero nadie que la conociera la hubiera reconocido ahora. 

Ella estaba agradecida. Entiendo de qué, pero a la vez, no.  

Y no puedo explicarlo, pero recordé lo que alguien me contó: 

Esta persona, la que me contó esto, vio una vez una lombriz, retorciéndose en el piso de cemento, a unos metros de la tierra del patio. Se estaba secando por el sol. Él era un niño todavía, y le echó gasolina. La lombriz empezó a retorcerse con fuerza, incluso podía escuchar sus espasmos. Cuando se acercó vio que se estaba comiendo a sí misma, hasta que se partió en dos, y ahora las dos partes estaban buscando la frescura de la tierra húmeda, pero seguían retorciéndose. Y en su mente de niño se preguntó, ¿Por qué el dolor hacía que las cosas se retuerzan?. Y no supo si ahora eran dos lombrices las que sufrían o solo una.

Y no supo si ayudarlas a regresar a la tierra para que vivan o matarlas para que no tenga que vivir de esa manera…  Y yo no me acuerdo qué decisión tomó.



 

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