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El cementerio de los coléricos y la pandemia que fue trastornando a Chile

y Salomé Velasco

En agosto del 2003 en Santiago de Chile, se estaba construyendo la autopista costanera norte, un cartel de propaganda decía que iba a ser la más moderna del mundo. Pero cuando la maquinaria sacó la tierra por el sector de la Renca, en la ribera del río Mapocho, encontraron miles de huesos humanos. Nadie entendía lo que había pasado. ¿Por qué había esqueletos apilados? Los arqueólogos creyeron que se trataba de algún asentamiento indígena, pero cuando se realizaron pruebas, se descubrió que estos muertos habían sido enterrados hace solo 120 años. Revisando los archivos nacionales se dieron cuenta de que se trataba de un pasaje de la historia de Santiago que ya nadie se acordaba:La pandemia de cólera que acabó con la vida de 28 mil personas. 
En 1886 el cólera atacó a la provincia de Mendoza, en Argentina. Sus políticos estaban enfrentados entre los que “no le tenían miedo a lo invisible”, así se denominaban, y los que «habían estudiado un poco más”, es decir unos se creían valientes y no iban a sucumbir a algo que ni siquiera se puede ver. Algo como un virus o una bacteria. En esa época era como ahora hablarle a alguien de Dios o de ovnis. Los otros, “los que habían estudiado un poco más” ya tenían conocimiento de que la mayoría de enfermedades eran causadas por agentes patógenos. Pero su única prueba eran los libros y los diplomas, obtenidos en su mayoría en ciudades Europeas. Y en Latinoamérica, en el siglo 19, la gente veía con recelo a aquellos “burgueses” que basaban su conocimiento en cosas que les habían dicho los extranjeros, temían que estos supuestos descubrimientos no sean más que distracciones o un plan oculto de los europeos para intervenir en los asuntos de los países latinoamericanos. 
Otra forma de dividir estos bandos sería decir que unos no creían en la existencia de seres microscópicos que podrían matar a una persona y los otros habían nacido con el dinero suficiente para ir a estudiar en Europa.
Cuando el cólera atacó Mendoza, políticos de un lado y del otro discutieron, por telegrama, mandándose mensajes que quedarían impresos para siempre, en un episodio más de la estupidez burocrática latinoamericana. POR EJEMPLO el  diputado bonaerense Lucio V. Mansilla atacó las medidas de cierre de fronteras que el presidente Juárez Celman había adoptado.

Los médicos le habían dicho al presidente que la única forma de frenar una posible pandemia, era si nadie entraba y nadie salía de la provincia. Le puso el ejemplo de que si hubiera diez enfermos, y a cinco se los encierra en un cuarto y a los otros cinco se los aleja de la casa, los cinco del interior se iban a contagiar mientras que los otros cinco no. Era así de simple. Excepto, que se omitió el detalle de que los cinco del interior iban a estar todos muertos. Además, estaba el problema del comercio. Mendoza era un paso importante para el comercio con Chile, cerrar la provincia y perder ese dinero podía traer pobreza, y la pobreza también trae muerte. Tal vez el presidente Celman pensó que eso, el dinero y las cosas materiales, siempre se podían recuperar, en cambio, una vida no. El telegrama de reclamo del diputado Lucio Mansilla a esta medida dice, Abro cita: “Es sabido señor presidente que la ley del miedo no solo es injusta, sino absurda, estúpida  y llega a ser cobarde e inhumana. Algunas provincias bajo la impresión de este flagelo ideal y fantástico, se clausuran, establecen cordones sanitario y otros monstruosos bloqueos al comercio, ¿Es o no un derecho de los gobernantes de provincia, de las municipalidades, el tomar estas medidas por sí y ante sí, sin que lo haga el poder que debe tener la dirección suprema de todo lo que se relaciona con la salud pública?”. 

Mansilla creía que la enfermedad era una fantasía y no le gustaba la idea de que el gobierno central tome decisiones tan radicales y definitivas para la provincia. Pero Mansilla hablaba de cuestiones políticas, a ningún momento hablaba de personas, de la gente; gente que iba a morir si no se tomaba una decisión clara contra la enfermedad. Y por eso el presidente Celman, cerró la provincia. Mendoza empezó a perder dinero, pero no vidas. Y no es que a las autoridades mendocinas no les importaba la vida de las personas, era que simplemente no creían que había una amenaza. Si no se veía nada, ¿dónde estaba? Y como nadie moría, no hubo pruebas de que la enfermedad exista.

Así que presionaron al gobierno. Celman se dio cuenta de que si seguía interrumpiendo el comercio su recién adquirida presidencia se vendría abajo. Así que cedió y reabrió la provincia.

Pasaron solo unas semanas hasta que las autoridades mendocinas empezaron a mandar telegramas que inundaban el despacho del presidente. En estos mensajes se le informaba de que las personas en Medoza se estaban muriendo. Desangradas, tiradas sobre letrinas improvisadas, vomitando sus entrañas en vasenillas metálicas que ya no daban abasto.

Los hospitales no tenían más espacio y no había suficientes médicos para tratar a tantos enfermos. El pánico se regó por los habitantes, al punto de que hubo un cambio radical en la opinión de los políticos mendocinos, que ahora temían por sus propias vidas. Ahora eran ellos quienes exigían al gobierno central el cierre de la provincia.

Pero el  gobierno, en cambio, se había dado cuenta de que si la provincia seguía cerrada, las pérdidas económicas iban a provocar que la gente se muera de hambre o peor aún, que salgan a protestar y los destituyan. 
Las autoridades de Mendoza organizaron a su gente y convocaron una protesta que terminó con la obstrucción total de las vías del tren, querían forzar un aislamiento, una cuarentena. El presidente Celman no tuvo más remedio que movilizar el ejército para reabrir las vías y dejar pasar el tren para no paralizar el comercio.

La situación argentina con el cólera era un completo caos. En un telegrama envia  do el 29 de noviembre de 1886, al teniente coronel Taboada, jefe de las fuerzas acantonadas en Mendoza, se puede leer las órdenes del gobierno. Abro cita: “Dispondrá usted que con la fuerza del Batallón de su mando se preste los auxilios necesarios al Director del Ferrocarril a fin de mantener la circulación de los trenes que corren de Río Cuarto a San Juan impidiendo que nadie ponga obstáculos a su libre tránsito, haciendo respetar esta orden por la fuerza si fuera necesario, a cuyo efecto puede establecer retenes a lo largo de la vía, acantonados en las estaciones o embarcándolos en los mismos trenes”. Cierro cita.

El ejército dispersó a los manifestantes a la fuerza y el tren pasó para continuar con el comercio. Dos días después la gente a bordo empezó a morir, incluidos algunos soldados.
Al final, la pandemia de cólera dejó 4000 muertos en Mendoza. Pero también una pérdida económica enorme, que se fue acrecentando con los años por malas decisiones, el presidente Juárez Celman terminó privatizando la industria del ferrocarril y cuatro años después, sufrió una rebelión armada que terminaría con su carrera política.
Lo único que salió de esta disputa burocrática sobre si cerrar o no la provincia de Mendoza con una cuarentena, fueron miles de muertos, la mayoría de ellos trabajadores pobres que murieron de cólera  o de hambre, por no poder dedicarse a sus actividades laborales. Si estos trabajadores sabían o no como funcionaban las enfermedades era irrelevante. La mayoría no sabia ni leer, y su muerte solo sirvió como estadística para que futuros gobernantes y médicos se peleen sobre la viabilidad de realizar una cuarentena en caso de pandemia. 
Y ese debió ser el fin de esa historia, excepto que como nunca hubo una decisión clara por parte de los gobernantes argentinos, los trenes siguieron funcionando, y la gente siguió realizando comercio, y muchos de ellos bajaron hasta Santiago de Chile, portando la bacteria del cólera. Y a inicios e 1887 se desataría una de las mayores pandemias en su historia.
El presidente de Chile José Manuel Balmaceda recién electo, en medio de una fuerte oposición por parte de los conservadores chilenos, quería probar que estaba preparado para la presidencia. Por eso se tomó en serio esta amenaza de la enfermedad.Había escuchado que una pandemia de cólera había estallado en Europa. Había mandado a pedir datos y libros para prepararse. Y cuando el cólera finalmente llegó desde Mendoza, él supo que hacer. Estableció un organismo burocrático al qué llamó  “El servicio sanitario de control del cólera»Este organismo se encargó de cerrar provincias, establecer cuarentenas y desplegar propaganda sobre aseo personal. Basicamente, los chilenos aprendieron cómo lavarse las manos, como quedarse en casa y como desinfectar los alimentos. Era simple, todo lo que debían hacer los residentes de santiago era poner un poco de desinfectante en el agua, asearse luego de ir al baño con esta agua desinfectada y comer alimentos lavados. El problema era que los pobres vivían en lugares donde el agua, si había, estaba llena de tierra podrida, los baños eran inexistentes, si tenían suerte por lo menos tenían letrinas, pero estas acumulaban desechos humanos durante meses, filtrando materia fecal hacia el agua que luego era la única que podían consumir.El doctor Wenceslao Díaz de la Comisión Sanitaria -creada durante la epidemia-, dijo al respecto: ABRO CITA “en Chile […] muchas ciudades beben agua más o menos contaminadasporque tienen los focos de las letrinas cerca de las norias y carecen de agua potable en cañerías y donde aún en los campos colocan los lugares sobre las acequias”Cierro cita
Así mismo en el ensayo Vidas mínimas y muertes anónimas de Catherine Westfall e Iván roque dice, ABRO CITA:
«Es probable que quienes propagaron la epidemia fuesen individuos de clase baja, instalados en las orillas del Mapocho y en otros espacios rurales inmediatos a la urbe. Por otra parte, parece que el mayor porcentaje de las víctimas correspondía al segmento que se caracterizan por cumplir una función de servicio, tales como lavanderas, cocineras, lecheras, costureras, empleadas en general, entre las mujeres y, peones, carpinteros, cocineros, lecheros, carniceros, cocheros, herreros, empleados o sirvientes en general […] Precisando más, se trata de un grupo cuyas labores no se relacionan ni con la agricultura, ni con la minería” CIERRO CITA.
Entonces, si eras un trabajador de clase baja, estabas condenado a la enfermedad debido a tu modo y circunstancias de vida. Los otros chilenos, los que no eran pobres, estaban asustados y pidieron ayuda al gobierno. No querían morir vomitados y desangrados sobre una cama de hospital.Y el gobierno actuó rápido.Primero enviaron a los enfermos a lazaretos, en unos edificios hospitalarios aislados de la población, porque los hospitales oficiales estaban en medio de la ciudad, y la lógica de los expertos fue aislar lo antes posible a los contagiados de los sanos.
El gobierno armó un equipo con 100 médicos con sus respectivos estudiantes de medicina, quienes se encargaron del tratamiento de los enfermos. Los veían vomitar hasta que solo se retorcían sobre las camas. Y no había cura, el tratamiento era usar paños húmedos sobre la frente y la administración sistemática de aceite de castor. Es decir, te daban cucharadas de aceite para que vomites hasta quedar vacío, con la esperanza de que junto a lo poco que habías comido expulses también las bacterias de cólera. Esta continua náusea y diarrea dejaba a los pacientes extremadamente deshidratados, al punto de que sus lenguas se transformaban en pedazos de esponja. Los doctores empezaron a experimentar con inyecciones de sodio y brebajes salinos; Los antibióticos aún no existían y Los doctores no podían hacer nada más que usar palabras de esperanza mientras veían a sus enfermos doblarse en dos, hasta que dejaban de respirar.
El número de muertos empezó a aumentar cada día que pasaba, y nadie había pensado en una manera eficaz de deshacerse de los cadáveres. El gobierno mandó a construir carretas de manera masiva para cargar los cadáveres que se estaban acumulando en los patios de los hospitales. Los cocheros hacían varios viajes al día desde los lazaretos hasta el cementerio general. Pero la peculiaridad de los cuerpos muertos por cólera es que aún son contagiosos, además de que por los procesos de putrefacción se vuelven un foco más potente de infección a las personas que los manipulan. 
En el ensayo «epidemia del cólera en santiago», Álvaro Góngora dice. ABRO CITA: «el aislamiento del cementerio de Coléricos, ubicado en los extramuros de la ciudad, permite suponer la  ausencia de un sepelio tradicional. Tenemos un relato elocuente respecto a la forma de sepultación de las víctimas:“Los cocheros o funcionarios encargados del servicio de carretones que trasladaban a enfermos y fallecidos por la ciudad […] desempeñaban su misión de una manera brutal: llegaban gritando con gran estrépito preguntando por el enfermo o fallecido […] lo agarraban como si se agarrara un fardo y lo montaban violentamente, sin precaución y delicadeza y Después de un empujón lo embutían en una carreta. CIERRO CITA”Estos cocheros, inconscientes de los peligros de transportar tantos cuerpos cargados de bacterias, terminaban sus días en el hospital, sufriendo la misma suerte de los muertos que habían cargado en el día. En unas semanas el cementerio general de santiago colapsó. Los muertos se acumulaban sin un lugar donde ser enterrados, convirtiéndose en un foco infeccioso muy peligroso, ya que el cementerio estaba ubicado en el centro de la ciudad. Así que el presidente improvisó  y mandó a varios trabajadores a construir un cementerio improvisado en las afueras de santiago, en el sector de la Renca, cerca de la orilla del río mapocho.  En los documentos oficiales se usa la palabra cementerio, pero en realidad se trataba de una fosa común con paredes de ladrillo para prevenir que la podredumbre de los cuerpos se filtre al río. 
Algunos cuerpos fueron acumulados en grandes montañas y prendidos fuegos para matar la bacteria, pero en el pico de la pandemia, los muertos eran tantos que ni siquiera hubo tiempo de quemarlos, fueron enterrados unos encima de otros, usando cal para calcinar la carne y evitar una catástrofe posterior. 
Guajardo y Quevedo dicen al respecto. ABRO CITA:
“En los episodios de muerte por cólera, se exigía desinfectar bien los cadáveres con cal sobre la mortaja y enterrarlos a una profundidad suficiente para evitar emanaciones. La profundidad de los pozos y de las capas de cal sobre cada cadáver debían ser tal que impidiera que los animales pudieran desenterrarlos.» CIERRO CITA
Pero la cantidad de muertes seguía creciendo, el aceite de castor y los lavados intestinales no estaban sirviendo de nada.El doctor Wenceslao Díaz dejó registrado en su bitácora como después de administrar este lavado intestinal los muertos regresaban a la vida, solo para gritar y retorcerse de dolor y morir nuevamente.Chile no pudo contener la enfermedad y el gobierno tuvo que recurrir al único método que parecía haber funcionado para todos. Una cuarentena. 
Bajo orden oficial nadie podía abandonar su casa,Pero los trabajadores más pobres de la sociedad vivían de sueldos mínimos que se les pagaba al día. Algunos salieron y terminaron presos, en una pequeña celda, unos juntos a otros, contagiándose y abandonados por la policía. Cuando estos regresaron a abrir las celdas, todos estaban contagiados. La gran mayoría murió antes de llegar al hospital. 
Cuando pasó la cuarentena, las autoridades realizaron una inspección de hogares, cuando abrieron las puertas se encontraron con familias enteras muertas al interior.El registro oficial decía que de cólera, pero por como se veían, con los huesos mostrándose en la piel, también podría ser que se murieron de hambre.Había algunos cadáveres que tenían signos de haberse arañado la cara, sea lo que eso signifique.Sin pruebas adecuadas nadie podía saber si la muerte se debió a la enfermedad o al hambre,  no había diferencia entre un chileno que había dejado de comer y otro que vomitó hasta el último gramo de su propia carne. Huesos y piel es todo lo que quedaba de ellos y fueron cargados en carretas, y puestos sobre una nueva capa de cal en la fosa común.
Las autoridades ya ni se molestan en tratar de identificar los cuerpos, después de todo si toda una familia había muerto nadie iba a reclamar su identidad. 
Los que sobrevivieron estaban aterrados, no querían salir de la casa. Hubo disturbios y pánico, la gente empezó a tergiversar la información que salía en los boletines oficiales del gobierno. Hubo reportes de personas de la clase alta en Santiago que dejó de comer, porque creían que todos los alimentos contenían cólera. Un giro irónico e inesperado, así como la gente trabajadora y de clase baja moría de hambre por la cuarentena, la gente que podía costearse alimentos dejó de comer por voluntad propia. 
Cuando la pandemia de cólera pasó por Chile dejó 28 000 muertos, todos apilados en fosas comunes, con paredes de ladrillo, paredes que como estaban cerca del río, se fueron desgastando, dejando pasar el agua, y filtrando la podredumbre de los cuerpos y de la enfermedad que los había aniquilado. Familias enteras enterradas en lo que hoy se conoce como el cementerio de los coléricos, que en el 2003, gracias a que al gobierno se le ocurrió construir la carretera más moderna del mundo, fueron descubiertos para al menos existir en la historia, en los libros, y en este audio. 

El cementerio de los coléricos y la pandemia que fue trastornando a Chile. Parte II

En 1886 los habitantes chilenos sufrieron una pandemia de cólera tan fuerte que el gobierno tuvo que construir una fosa común para dar cabida a todos los muertos. En el 2003 Los arqueólogos encontraron esqueletos pequeños al lado de esqueletos grandes. Madres, padres e hijos; muertos, enterrados en familias. Otros esqueletos estaban incompletos, tal vez porque las subidas del río en esos 117 años se habían llevado algunos huesos con la corriente. Es posible que algunos cadáveres hayan viajado por el río hasta mar, donde se mezclaron con la sal y se desvanecieron para siempre. Ninguno de los cadáveres que están apilados en estas fosas comunes, en este cementerio de coléricos, serán reclamados. Nunca. Ahora son piezas de museo. Son solo descubrimientos arqueológicos que nos sirve para entender el comportamiento de esas personas que van a ser para siempre anónimas. Estos trabajadores que lo perdieron todo, estas 28 000 personas que murieron en 1887. 
Y quisiera creer que su muerte no fue en vano. Por su tragedia, los médicos chilenos aprendieron de la pandemia. Y juraron que no les volvería a pasar, se juraron a sí mismos que la siguiente vez que algo así sucediera, ellos estarían listos. Camadas enteras de jóvenes fueron a estudiar a Europa y regresaron listos para enfrentarse a cualquier enfermedad, no iban a dejar que se repita la tragedia del 86, ellos eran otra generación, una generación que había aprendido de los errores. 
Pero una cosa es ser un observador del sufrimiento y otra muy distinta es sentir el dolor en tu cuerpo. Muchas personas, personas comunes, dejaron de creer en los médicos. Para ellos los médicos no habían hecho nada, habían dicho cuarentena y habían explicado que quedarse encerrados iba a salvar vidas. ¿Pero vidas de quien? Si ellos se murieron de hambre. 
Como reacción a este desastre de la salud pública, muchos oportunistas se convirtieron en curanderos. Vieron una oportunidad en la pérdida de confianza que el pueblo tenía con los médicos. Estos curanderos eran Falsos médicos que prometían curar enfermedades a base de hierbas, humo y brebajes. Hicieron mucho dinero aprovechándose del miedo de la gente y la falta de confianza en el sistema de salubridad.
Muchos de estos curanderos decían haber aprendido su oficio de los indios Mapuches. Y en 1912, en una nueva pandemia, esta vez de viruela, este dato tomaría un giro inesperado. 
Habían pasado casi 30 años desde el cólera y Chile había cambiado. Las ciudades se estaban industrializando y las personas que antes vivían en el campo empezaron a movilizarse buscando mejores oportunidades. En La región de Río Bueno se estaban gestando muchas industrias como la harinera, los aserraderos y el cuero. Había mucho trabajo para la gente que venía del campo, pero los salarios eran mínimos, muchos tenían que vivir hacinados en una sola vivienda. Varias familias compartían letrinas y cuartos; o simplemente todos dormían en un mismo suelo rodeado de cuatro muros altos, con pocas ventanas para la ventilación. 
Por la noche el aire se ponía espeso por las exhalaciones de todas los ahí hacinados. Cada una de las personas ahí reunidas respiraba el aire que exhalaba el otro. Y si alguno de ellos contenía un virus en sus pulmones, era cuestión de una noche para que todos los ahí reunidos amanezcan con distintas mutaciones de la misma enfermedad.
La viruela había azotado Río Bueno diez años antes, pero se pudo controlar porque la población era mínima y el aislamiento fue posible. Ahora que la gente estaba reunida por grupos en viviendas pequeñas, estalló una pandemia, que se extendió en todos los sectores de la población. Si bien los focos infecciosos iniciaron en los lugares empobrecidos de la población, estas personas eran las que mantenían a la ciudad funcionando, eran los trabajadores invisibles que las clases altas no querían ver. Eran los lecheros o lavanderas, los albañiles o los conserjes de escuelas privadas que se infectaron en la noche, y contagian en el día. Porque los virus buscan seres vivos y los virus no entienden de las divisiones que nosotros nos damos. Solo quieren reproducirse. 

Y mientras los pobres desconfiaban de los médicos y autoridades, las clases altas estaban hartas de las prácticas higiénicas de los pobres. Chile había pasado ya por varios episodios endémicos y no había que ser científico para darse cuenta de que las condiciones en las que los sectores más populares vivían, dormidos unos encima de otros, junto a cerdos y gallinas y sin un adecuado control de los desechos humanos, eran la causa de cada una de estas enfermedades. En resumen, se podría decir que los sectores más acomodados de la sociedad acusaban a los otros de esparcir enfermedades mortales, que luego ellos tenían que pagar. 
La gota que derramó el vaso fue la viruela, porque esta enfermedad atacó principalmente a los niños. Cuando los dueños de haciendas empezaron a enterrar a sus hijos, el deseo de venganza creció. Dirigieron su ira a lo que ellos consideraban era la causa de su tragedia. 
Como el padre de familia, que luego de ver morir a su hijo, caminó hasta una comuna, donde los pobres trabajadores vivían hacinados y trato de prenderles fuego, encerrándolos dentro de una vivienda. Por suerte las autoridades pudieron llegar a tiempo. En el interior había por lo menos diez niños, que se salvaron de morir quemados. De todas maneras, unos días después los niños murieron… por la viruela.
Otra historia cuenta sobre un dueño de tierras que había contratado a varios indios Mapuches para que trabajen la tierra. Cuando la viruela atacó todos los habitantes de la zona empezaron a morir, excepto los Mapuches. La gente lo atribuía a su práctica de medicina ancestral, otros a un tipo de maldición. Este hombre empezó a tener recelo de los Mapuches y cuando su hijo enfermó prefirió llamar a un médico, no quiso que ningún Indio practique magia negra con su hijo. El médico recetó lo único que podía recetar en 1912 para la viruela: Paños fríos para la fiebre y líquidos calientes para la deshidratación. El niño murió unos días después. El hombre, enceguecido por la tristeza y la rabia, tomó su escopeta y fue a disparar a los Mapuches. 
Este no fue el único incidente registrado de este tipo, donde gente, salía a atacar a los Mapuches, porque estos no se enfermaban.
No hay registros de por qué los Mapuches eran resistentes a la enfermedad, tomando en cuenta que muchos indígenas habían sido exterminados a causa de enfermedades por las migraciones de europeos a América. Pero quizás es por eso mismo, tal vez los indígenas sobrevivientes desarrollaron defensas y eran mucho más resistentes. O talvez su medicina contenía secretos que les permitía superar las enfermedades.
Si en esa época tú veías como prueba de inmunidad que un grupo de personas estaban sanas mientras otros morían, y te decían que era por sus conocimientos ancestrales, no dudabas en echar a la basura los diplomas de los médicos que fueron a estudiar a una universidad y correr a una choza donde un hombre disfrazado indígena te tiraba humo y recitaba canciones en un idioma que no entendías.
Por este tipo de eventos muchos chilenos empezaron a pagar a curanderos que se vestían de mapuches o decían haber estudiado con ellos. Pero la verdad era que nada garantizaba que no se trate simplemente de un charlatán. Al optar por este tipo de tratamientos la gente estaba dejando su destino al azar. Pero ¿cuál era la diferencia entre un charlatán que te pasaba una hoja por el cuerpo y uno que te recetaba descanso, caldos calientes y trapos húmedos sobre la frente? La realidad era que los enfermos dependían de su sistema inmunológico, si eso fallaba lo único cierto era la muerte. No importaba si el médico se ponía bata blanca o un cintillo  en la cabeza.
Y si no confiabas en ninguno de los dos, si estabas harto de médicos y curanderos, te quedaba la religión, confiar en que Dios te va a salvar de la muerte mediante la oración, un método ancestral también, y al final de cuentas igual de efectivo. Pero ¿Qué tal si alguien unía la religión con la ciencia? Eso es precisamente lo que hizo un sacerdote capuchino, que llegó a Chile desde Alemania. Su nombre era Tadeo de Wiesent. Este sacerdote practicaba un tipo de medicina alternativa llamada hidroterapia, una forma de curar con agua y vapor. La hidroterapia es uno de los tratamientos más antiguos de la humanidad. 

El padre Tadeo la descubrió cuando era joven. Luego de egresar del noviciado de los capuchinos, dedicó su vida al cuidado de los pobres. Los ayudaba con el trabajo pesado, regalaba su comida y compartía su vivienda. Al punto de que sufrió desnutrición e incluso se quedó sin un lugar donde dormir por dar a una familia pobre su humilde casucha para que estos puedan vivir ahí. Esta vida de sacrificios lo llevó a sufrir de reumatismo temprano y tuberculosis. Como no tenía dinero para hacerse tratar, la enfermedad avanzó, al punto de que uno de sus pulmones dejo de funcionar. Fue trasladado al médico y este le dijo que no podía hacer nada por salvarlo. Le dio un par de días de vida. Un compañero de cofradía le dijo que vaya a ver al padre Sebastián Kneipp, un sacerdote que practicaba la hidroterapia. Tadeo de Wiesent hizo el viaje, sabiendo que quizás era el último que hacía en su vida y Estuvo a punto de morir en esta travesía. El padre Kneipp usó su sabiduría, practicó todas las técnicas que había desarrollado sobre la hidroterapia y logró curar al Padre Tadeo. Ante la presencia de este milagro, él rogó al padre Kneipp que le enseñe los secretos de esta medicina. Un milagro porque después de todo los médicos le habían dicho que le quedaban solo semanas de vida. El padre Tadeo había visto a muchos pobres morir de tuberculosis, simplemente porque los médicos se rendían o porque ni siquiera podían pagar por uno que les diga eso. Si aprendía esta técnica podía dedicar su vida a salvar la vida de los pobres. Y eso hizo.

Pasó años perfeccionando su técnica, mientras escuchaba historias tristes sobre la pobreza extrema en países latinoamericanos. Y de todos, eligió a Chile, por los Mapuches. En sus estudios encontró similitudes entre la medicina ancestral de los indígenas chilenos y la hidroterapia. Los mapuches usaban aguas termales para el tratamiento de enfermedades y el Cura Wisent pensó que si aprendía de sus secretos podría expandir aún más sus conocimientos. Fue a la misión de San Juan de la costa para tratar de contactar con los Mapuches, pero fue recibido a balazos. Un hacendado se había apropiado de las tierras de los indígenas, y se enfrentaba a bala a los curas capuchinos que tratan de recuperarla.

El padre Tadeo reunió a un grupo de pobladores honestos y junto a unas pocas autoridades logró recuperar los terrenos, en paz y sin derramar su sangre. Los mapuches en agradecimiento le enseñaron todo lo que sabían sobre su técnica de hidroterapia. En 1902 el padre Wisent viajó a río Bueno donde fue designado como párroco. Se pasó meses curando a toda la población y pronto se corrió la voz de que era el pueblo más sano de Chile. Las noticias de sus curaciones milagrosas llegaron hasta las clases altas de Santiago. De repente, empezaron a llegar caravanas enteras a río Bueno; funcionarios, ministros, militares y casi toda la clase alta de Chile quería ser tratada por el Cura. Los resultados eran asombrosos, si había alguien con una enfermedad que los médicos oficiales declaran como mortal o sin esperanza de vida, todo lo que tenían que hacer es viajar hasta río Bueno y el Padre Tadeo lograba curar cualquier aflicción. Pronto esta gran afluencia de gente adinerada hizo que la comuna creciera económicamente, los pobladores que antes eran extremadamente humildes se pusieron puestos de comida, posadas donde alquilaban sus propios cuartos para que los visitantes de clase alta tuvieran un lugar para dormir, atracciones turísticas entre otras cosas. Todo el dinero que el padre ganaba de sus curaciones lo donaba para la construcción de escuelas y centros médicos donde enseñaba su técnica a jóvenes aprendices. 
Mientras esto pasaba en Río Bueno, en Santiago, las autoridades médicas estaban preocupadas de que los métodos del padre Tadeo solo estaban acrecentando la desconfianza de las personas en la medicina científica. Muchos doctores de la clase alta de Santiago empezaron a perder trabajo porque todos sus pacientes preferían ir a ver al cura.

Así que crearon una comitiva gremial, conformada por médicos preocupados por el futuro de la medicina científica en Chile. Querían alertar al gobierno sobre los peligros de las prácticas del padre Tadeo de Wiesent. Según ellos, si la gente seguía pensando que solo agua, vapor y hierbas mapuches iban a curar todas las enfermedades, cuando una verdadera pandemia ataca a la población iba a ocurrir una tragedia. Según ellos, la irresponsabilidad del padre Tadeo iba a traer miles de muertos. Pero muchos de los congresistas y funcionarios de gobierno ya se hacían tartar con el sacerdote, y muchos habían visto como sus familiares se curaban de enfermedades que los médicos tildaban de mortales. Así que no hicieron caso a este gremio de médicos. 
Estos recurrieron a una última táctica arriesgada. Si lograban convencer al presidente de la república de que el padre Tadeo en realidad estaba haciendo daño a los chilenos, este se encargaría de expulsarlo del país. 
Para hacer esto, para tratar de convencer al presidente, recurrieron a su médico personal. Pedro Montt Montt padecía aterosclerosis, una enfermedad que endurecía las arterias, al punto de que ni las extremidades ni el cerebro recibía sangre suficiente, provocando poca oxigenación, mareo, deformación de la cara y babeos. Aparte de dolorosa, la enfermedad del presidente Montt era vergonzosa. Sus médicos no habían logrado curar la enfermedad, pero habían logrado ralentizarla. Sin embargo, luego de varios años de padecerla, el presidente sentía que la vida consistía en la tortura. Su cuerpo se estaba endureciendo por dentro como si raíces estuvieran abriéndose paso a través de las entrañas de su cuerpo. En esta cúspide del sufrimiento, uno de sus funcionarios le relató sobre este sacerdote de Río Bueno que podía curar cualquier enfermedad. Pedro Montt inmediatamente hizo el viaje a la comuna y se reunió con el padre Tadeo De Wiesent. Este lo revisó y, debido a la gravedad de la enfermedad, empezó un tratamiento ese mismo día. El presidente Montt al fin sintió alivio. El padre Tadeo le aseguró que podía curarlo, pero debía tener paciencia para seguir los rituales.

Pedro Montt, luego de todos esos años de sufrimiento, al fin tuvo esperanza.

Pero fue en este momento que los gremios de médicos empezaron las difamaciones contra el padre Tadeo. Lograron convencer a los médicos del presidente de que era solo un charlatán y que si este hacía caso al cura iba a terminar muerto.

Los médicos hablaron con el presidente, le dijeron que no debía hacer este tratamiento de hidroterapia, le explicaron que se trataba de una pseudo medicina, y que si bien iba a sentir alivio al inicio, con el tiempo su enfermedad empeoraría. Le dijeron que en lugar de eso, viaje a Alemania para ver a un especialista. El presidente empezó a dudar. Habló con su esposa y ella le aconsejó obedecer a los médicos, después de todo los tiempos habían pasado y el padre Tadeo, por más fama que tenía, vivía entre Mapuches, y ellos practicaban solo magia, y estos eran tiempos modernos, donde la ciencia empezaba a reinar por sobre las supersticiones. El presidente hizo caso a los médicos. Pero el padre Tadeo, al enterarse de esta decisión del presidente, hizo un viaje urgente, para hablar con él.
Le dijo que su cuerpo estaba muy débil para hacer un viaje en barco hasta Europa. Le rogó que se quede y siga el tratamiento de hidroterapia. Le advirtió que si llegaba a hacer ese viaje moriría.

Pero el presidente no hizo caso al padre Tadeo y viajó a Alemania.Se relata así las consecuencias de su decisión: ABRO CITA “el 16 de julio de 1910, el presidente Pedro Montt Montt se embarcó hacia Alemania, junto a su mujer y su médico, esperando que los médicos alemanes pudieran conferir una mejoría. Dejó a cargo, como vicepresidente de la república, a Elías Fernández Albano. Su barco llegó a Panamá y de allí tomaron un barco a Nueva York, y desde allí tomaron otro a Alemania. El viaje fue muy agotador y debilitó las últimas fuerzas del presidente.Llegó a Bremen el 16 de agosto. Se alojaron él y su corta comitiva en un hotel. Cerca de la medianoche de ese día se levantó para ir al baño. Su secretario privado, al notar que no volvía después de mucho tiempo, se levantó a buscarle. Al llegar al baño lo encontró muerto, siendo causas probables de su deceso un ataque cardíaco o un derrame cerebral. El 25 de agosto se realizó una ceremonia fúnebre en la Catedral Metropolitana a la cual asistió el vicepresidente Elías Fernández Albano. CIERRO CITA”Además, en esa ceremonia, en el funeral de Pedro Montt, el vicepresidente Elías Fernández Albano, se contagió de gripe, y murió tres semanas después, sin llegar a asumir la presidencia oficialmente. 
Cuando se corrió la voz de que los médicos habían dado estas instrucciones al presidente y que habían tratado de irse en contra del padre Tadeo de Wiesent, la desconfianza de los habitantes de Río Bueno hacia la comunidad médica se acrecentó. La gente lo tomó como un artículo de fe de que los médicos no sabían lo que hacían. Ahora más que nunca, la población iba a desobedecer las indicaciones de los médicos.

Fue dos años después de estos sucesos que la epidemia de viruela se extendió rápidamente. Las personas iban en masa a refugiarse en Río blanco con la esperanza de que el padre Tadeo les haga curaciones. Pero la enfermedad empezó a salirse de control. Él, sin embargo, mantuvo la tranquilidad, estaba convencido de que podía erradicar la viruela y curar a todos los enfermos.

Los servicios de salud pública llegaron a administrar vacunas y tratar a los enfermos, pero el sacerdote se opuso firmemente a que los doctores intervengan y toquen a sus pacientes. El mismo se encargó de explicar a los médicos que tenía la enfermedad bajo control porque estaba aplicando su famosa técnica de hidroterapia.

Los médicos no encontraron ningún método confiable en el tratamiento del sacerdote, les pareció que iba a causar más daño si seguía convenciendo a toda esa gente de un método poco efectivo para combatir la viruela. Pero el pueblo se puso del lado del padre Tadeo y expulsaron a los médicos de Río Blanco.Pasó una semana y el padre Tadeo vio con horror como cada uno de sus pacientes moría, de manera terrible, llenos de llagas y vomitando sobre las cobijas de sus camas. Cuando los servicios de salubridad volvieron a Río Blanco, no tuvieron resistencia de nadie, porque habían muerto; el único trabajo que los médicos tuvieron, fue llenar informes de deceso y cargar los muertos en carretas. El padre Tadeo sufrió tanto con esta imagen que recogió sus cosas y se fue para siempre de Río Blanco.
Dedicó el resto de su vida a la penitencia, ayudando a los leprosos en Colombia. Murió de una severa úlcera en el estómago, algunos dicen que porque se lamentaba todas las noches de lo ocurrido en Río Blanco.
Y uno se puede dar cuenta de la situación en la que estaba hundida Chile, se suponía que luego del cementerio de los coléricos donde decenas de miles murieron, nunca más iba a pasar esto. Se suponía que ahora los médicos iban a curarlos y la gente iba a organizarse de acuerdo a las indicaciones de aquellos.
El problema era obvio, en 1912 Chile no había cambiado mucho en lo que respecta a la salud pública. Y lo que alguna vez juraron los médicos que nunca ocurriría, se había perdido en el tiempo y en el miedo. En los papeles sí, había nuevas instituciones y más médicos preparados, pero se podría decir que antes, por lo menos la gente hacía caso a los médicos, eran una novedad.

En la pandemia del cólera nadie salió a disparar a pobres campesinos porque creían que eran el foco de la enfermedad. Nadie quería que los Mapuches mueran por envidia a su sistema inmunitario. Y tal vez todo esto no hubiera sido tan grave, tal vez se hubieran podido llegar a consensos si se creaban diálogos para tratar de unir a la población con las prácticas médicas. Pero a Chile le quedaban seis años. Los chilenos estaban a seis años de que ocurra la mayor pandemia de la era moderna.