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La pandemia de 1918

Un soldado que combatió en las trincheras de la Primera Guerra Mundial escribió que vio a un compañero suyo sacarse las botas porque los pies le picaban. Al hacerlo, sus dedos rodaron por el piso, se habían podrido por la gangrena. El soldado los recogió y se los guardó en el bolsillo porque tenía la esperanza de que un doctor los pueda volver a pegar cuando regresar a un campamento. Pero por supuesto, nunca lo hizo. Murió ahogado por la flema, tosiendo sangre y sin dientes. No fue el único. Varios heridos que llegaban a los hospitales ambulantes regados por todas estas trincheras a lo largo de las fronteras europeas, empezaron a morir de manera similar. Tenían heridas terribles, como la piel separada del cuerpo por el gas mostaza, con los pulmones quemados por el gas lleno, el cuerpo atravesado por balas o brazos que eran amputados por las explosiones de la artillería. Pero no morían de estas heridas. Morían de gripe. Nadie sabe con seguridad cómo esta enfermedad llegó a las trincheras de la Primera Guerra Mundial.

Tal vez algunos soldados norteamericanos que llegaron hacia el final de la guerra en 1918 a apoyar a las fuerzas aliadas. Empezaron el contagio. Lo único cierto es que fue en este escenario donde se fue cultivando uno de los virus más devastadores del siglo 20, la H1N1, que es mejor conocida como la gripe española. Esta fue la última gran pandemia que atacó a la humanidad, pero la gripe era el menor de las preocupaciones para los soldados que estaban peleando en los frentes. Cómo iban a comparar una simple gripe con una ametralladora que les arrancaba la piel y los huesos a un ritmo de 500 balas por minuto, o al gas que les quedaba en los ojos y luego les quemaba los glóbulos oculares y los pulmones. Sólo esto mató a más de 91.000 soldados de shock respiratorio y, sin embargo, los hospitales militares recibían cada día más pacientes que se ahogaban en sus propias flemas. La enfermedad estaba atacando a soldados resguardados en bases seguras, acabando con las reservas y obligando a los generales a rehusar a los soldados heridos. Algunos incluso luchaban con pies y manos gangrenados.

Estos, estos brazos y estos pies eran amputados en un hospital, y los soldados terminaban contagiándose de gripe y morían. Cuando los doctores se dieron cuenta de lo que estaba sucediendo, lo comunicaron a los generales de ambos bandos, pero estos decidieron ocultar la información. Lo último que necesitaban era asustar más aún a la población diezmada por cuatro años de guerra. No iban a prender las alarmas por una enfermedad que parecía no tener consecuencias graves. Después de todo, el número total de muertos en batalla fue de 22 millones de hombres. Estos generales no podían saber que al terminar la pandemia, los muertos totales por la gripe española iban a ser de 50 millones de personas, incluyendo mujeres, niños y ancianos. Laura Espinel relata que el 29 de septiembre de 1918, un buque llamado Leviatán, uno de los más grandes del mundo, zarpó con rumbo a Francia desde Hoboken, en Nueva Jersey, llevando a bordo a 9000 militares adentro del barco. La enfermedad se manifestó apenas abandonaron el puerto y cuando llegaron una semana más tarde al puerto de Brest, había 2000 hombres enfermos y 90 muertos a bordo.

Las decenas que presenciaron los pasajeros del barco durante la travesía fueron dantescas. Los espacios entre las literas de los compartimentos de las tropas eran tan angostos que las enfermeras que atendían a los enfermos no podían evitar dejar un rastro de sangre entre ellos. Como los enfermos no podían utilizar las literas superiores. Los hombres yacían semi inconscientes en las cubiertas que no tardaron en volverse resbaladizas por la sangre y el vómito. Las enfermeras resbalaban, caían al piso, se embarran de la sangre de estos enfermos, escuchaban los lamentos y los gritos de estos hombres aterrados. Y todo esto se sumaba a la confusión de que solo querían ser atendidos. Solo pedían que por favor los ayuden porque se estaban ahogando. La gente decía que la gripe española tenía un olor como a paja enmohecida. Nunca antes ni después alguien percibió un olor igual. Esto lo escribió un soldado que viajaba a bordo. También dijo que era horrible el ambiente porque sentía que en este virus había veneno. Una enfermera, en cambio, recordaría que los dientes y el cabello de estos soldados caían al piso y que algunos ni siquiera presentaban síntomas y de todas maneras se desplomaban.

El delirio era habitual. Algunos se exaltaban y se agitaban tanto que se desmayaban. Por eso era necesario atarlos a las camas para impedir que se hicieran daño. Algunos tenían convulsiones. Otros perdían todo el sentido de la lógica y el delirio los hacía suicidarse. Muchos creían que el fin del mundo estaba cerca y los episodios de llanto violento se manifestaban en cada camilla. Se notificaron casos de suicidio de pacientes que habían saltado por las ventanas de los hospitales. Hubo niños que murieron en circunstancias trágicas, pero mientras los adultos saltaban por la ventana, los niños, en cambio, se ahogaban. En Suiza, un abogado se cortó la lengua con una navaja. Un oficinista en Londres no acudió un día a trabajar y en lugar de eso tomó un tren a la costa y ahí se arrojó al mar. El único país que informó al resto del mundo sobre esta enfermedad fue España, luego de que el rey Alfonso 13 la sufriera. Pero a pesar de las noticias y los telegramas, casi ningún país tomó medidas adecuadas para contener la enfermedad.

La gripe española llegó a América desde África y Europa por medio de buques comerciales que encajaron en Brasil. Desde ahí la enfermedad se fue expandiendo como raíces que se abrían paso a través de las cadenas montañosas del interior del continente. Por todos estos lugares, por todas estas ciudades y pueblos, fueron dejando muerte los trenes que 40 años atrás habían transportado a los pacientes con cólera desde Argentina hasta Chile. Ahora transportaban a los enfermos de gripe. En estos viajes que los trenes realizaban por el interior de Sudamérica, viajaban enfermos que ya iban agonizando en Chile, por ejemplo. El problema fue que la enfermedad avanzó más rápido que la información, quizás porque los telegramas estaban en extremos opuestos. O más probablemente, porque los europeos seguían ocultando que existía una pandemia. Y si de algo sirvieron los muertos de epidemias pasadas fue para que los gobiernos sudamericanos, sobre todo el de Chile, actúe más rápido. Enviaron una comisión médica a las zonas rurales de Santiago. El único problema era que los médicos chilenos no sabían a lo que se estaban enfrentando.

Una comisión médica que bajó desde el Brasil dijo que la mayoría de médicos no sabían lo que estaban haciendo y trabajaban a ciegas. Cuando llegaron a las comunas rurales de Santiago, los médicos hicieron lo que otros les habían enseñado. Trataron de guiarse por los síntomas de los enfermos, porque qué más iban a hacer? Encontraron un patrón y ese era que la mayoría de los pacientes, sobre todo los niños, tenían un enrojecimiento del pecho, tenían vómitos, mareos, dolor de cabeza y una especie de delirio que llevaba a la depresión. Pero también encontraron piojos y esto es lo que los confundió, porque todos estos síntomas del vómito y los dolores de cabeza y la fiebre, más los piojos, cuadraban con el marco de una enfermedad que era bastante común entre los pobres de las comunas. Esa enfermedad del tifus. Revisaron a los animales y se dieron cuenta de que estaban mal alimentados, tísicos y también estaban infestados de piojos. Eso fue lo que los terminó de convencer. Según los médicos chilenos, se trataba de una epidemia de tifus.

Inmediatamente, obligaron a los campesinos a sacrificar a los animales y luego los obligaron a ellos, hombres y mujeres, a desnudarse en medio del campo, con el viento helado golpeándolos, la piel desnuda. Ellos vieron como sus ropas, utensilios, cobijas y demás pertenencias fueron apilados junto a los animales muertos que antes les sirvieron de sustento y les prendieron fuego, lo mismo a sus viviendas improvisadas. Estas personas vieron cómo toda su vida se consumía en el fuego. Según los médicos, esta era la única manera de matar a todos los insectos y cortar de raíz esta epidemia de tifus. No bastó solo con la destrucción de todas sus pertenencias. También los raparon y les echaron agua helada para bañarlos públicamente. Este tratamiento fue cruel, pero necesario, según la opinión de los médicos. Solo estaban tratando de salvarles la vida. Lo que no se dieron cuenta es que luego de realizar todo este tratamiento, los hicieron dormir en carpas improvisadas, unos junto a otros. Cuando al siguiente día los despertaron, todos estaban enfermos y más de la mitad murieron.

Cuando la Comisión de Médicos Brasileños llegó a informar de lo que en realidad estaba pasando. Ya era tarde. En cada una de las comunas de Chile se había obligado a la gente a asignarse en lugares para que estén aislados de la enfermedad y lo único que lograron fue contagiar los más. La mayoría de estos pacientes murió. Y por supuesto que no se logró detener la expansión del contagio. La noticia de un nuevo fracaso de la sanidad pública chilena se regó por todos los barrios y comunas pobres de Santiago. Cuando los médicos fueron a curar a los enfermos de otras regiones, los recibieron a palos y piedras. Querían matarlos. Nadie quería ser obligado a desnudarse para ver cómo sus viviendas se quemaban. Nadie quería volver a vivir una humillación así. El conjunto médico chileno sufría de una profunda desesperanza hacia la clase obrera. No entendían cómo la gente podía rendirse a la muerte de esa manera. Ellos solo querían ayudarlos y esta gente no se dejaba ayudar. Y al mismo tiempo, la población no entendía como el gobierno y los encargados de la salud pública podían ser tan indolentes hacia ellos.

La historia había enseñado que la humanidad debía combatir una pandemia obedeciendo a las autoridades. Pero casi nunca las autoridades se habían ganado el respeto para ser escuchadas. Tomando en cuenta que en el pasado había charlatanes y no médicos reales, iba a ser difícil o casi imposible que la gente confíe completamente en la autoridad. Por ejemplo, luego de la pandemia de cólera y las subsecuentes epidemias de viruela, los chilenos ya no clasificaban a las enfermedades de forma científica. Para la gente común y corriente solo existían dos tipos de enfermedades, las contagiosas y las sociales. Y con esta última se referían a enfermedades provocadas por la pobreza. Enfermedades que, según ellos, solo los pobres tenían y que solo los pobres contagiaron. En cambio, si una enfermedad era considerada contagiosa, significaba que no importaba tu clase social. Es decir, el dinero no iba a impedir que la gripe te alcance y te aniquile. Y la única forma que tenías de detenerla era si aniquilaba a los que cargaban con esta enfermedad y a vistas de la sociedad de principios del siglo 20.

Eso significaba que los que cargaban la enfermedad eran los pobres. Qué significaba eso? Significaba que la gente no iba a poder evitar sentimientos racistas o clasistas porque no estaban viendo personas, estaban viendo un ente que cargaba esta enfermedad. Por supuesto, ahora los podemos juzgar hacia atrás, pero en el momento, quién no se ha tapado la nariz o la boca, o dado la vuelta? Cuando una persona tose al lado suyo, nadie se está fijando el color de piel o la clase social cuando eso sucede. Lo que sí pasaba en 1918 era que automáticamente la gente asoció a la enfermedad con la pobreza y la pobreza. No era solo un concepto, eran personas que vivían bajo ciertas circunstancias y que ahora eran vistos como enemigos públicos, o mejor dicho, enemigos de la salud. Cuando nos enfrentamos a la enfermedad no nos estamos enfrentando a personas, sino a portadores de enfermedades, a causantes de muerte. Y nuestro instinto nos dice que las enfermedades son las mayores causantes de muerte en la historia de la humanidad. El ejemplo más claro de esto que estoy diciendo lo tiene Charles Mann en su libro 1941.

Ahí explica cómo los indígenas repudiaban la costumbre de los europeos de escupir en pañuelos mientras los europeos repudiaban la práctica indígena de escupir hacia la tierra. Los unos pensaban que se estaban guardando los gérmenes en pedazos de tela, convirtiéndose automáticamente en portadores ambulantes de enfermedades. Y los otros creían que al esparcir su saliva al aire y la tierra, estaban contaminando el mundo entero de enfermedades. La historia dice que los europeos trajeron enfermedades a América, posiblemente viruela y cólera, y se sabe también que por lo menos del 90 % de la población indígena murió por esta razón. 90 % luego de esto fueron las poblaciones indígenas las más afectadas por las enfermedades, debido sobre todo a las condiciones de pobreza y esclavitud a la que los europeos lo sometieron. Ahora eran aquellos los portadores de enfermedades, una razón más que entendible para un odio mutuo entre etnias, que es solo un ejemplo de un hecho que se repitió en otras partes del mundo. Y que no siempre tenía que ver con racismo, sino que muchas veces tenía que ver con enfermedades y clases sociales.

La vieja mala costumbre de la humanidad de odiarse entre distintas etnias viene del miedo a las enfermedades. Viene del miedo a este ente extraño que ingresa al territorio de otras personas, de familias que no tienen esa enfermedad. Es una especie de instinto que hemos ido desarrollando con el tiempo y que por más tecnología y por más evolución no nos podemos sacar de encima. Seguimos teniendo miedo a las enfermedades, las seguimos teniendo asco y repudio porque sabemos que nos lleva a la muerte. Si la clase alta de un país como Chile tenía acceso a agua limpia y las autoridades le exigían al pueblo que se laven las manos antes de cada comida, esperaban que la población obedezca igual que ellos lo hacían. Muchos se sorprendían al enterarse de la higiene que la clase baja mantenía. Lo que no parece estar claro es si las personas de clase alta chilena creían que los pobres elegían vivir así, con poca higiene, según sus estándares o según los estándares que la ciencia quería imponer. No se sabe si realmente se daban cuenta de que era precisamente la pobreza la que no les daba acceso a servicios básicos, higiénicos y médicos.

Los pobres no eran pobres porque querían. Las epidemias. Era una de las pocas fuerzas de la naturaleza que no hacía distinción de clase. El cólera, la fiebre amarilla y la peste bubónica aniquilaron democráticamente a ricos y pobres por igual. Sin embargo, los datos históricos señalan que los ricos poseían mejores condiciones de vivienda y alimentación, tenían un mejor acceso al agua y atención médica domiciliaria. Esto claramente te da una mejor calidad de vida y menores posibilidades de contraer enfermedades de tipo infeccioso. La gripe española llegó a Chile para probar un argumento como si fuera una plaga bíblica enviada por la ira de Dios para enseñarle al pueblo que la muerte no distingue de razas o clases sociales. La primera oleada llegó desde barcos, desde puertos de Brasil y Argentina. Los primeros contagiados pudieron ser estibadores o bodegueros. Todos ellos, al ser trabajadores de la clase baja, vivían en las comunas rurales de la ciudad de Santiago, donde muchas familias compartían viviendas en casas pequeñas. Un estibador, por ejemplo, llegaba a casa y contagiaba a su esposa y a sus hijos.

Su esposa posiblemente trabajaba de lavandera o realizaba el aseo de algún colegio privado de Santiago y desde ahí propagaba la enfermedad a niños y jóvenes estudiantes. Estos, a su vez, inyectaban a sus padres y en unos pocos días la gripe española mató a una gran parte de la población en la ciudad. Pero también se puede trazar estas mismas líneas de contagio desde cualquier otro lado. Quizás desde un chileno de clase alta viajó a Europa y contrajo la enfermedad ahí en el barco de regreso. Luego contagió a su familia y a sus criadas domésticas o al tendero que vivía en zonas rurales. Es el mismo cuento con el mismo final. Lo único cierto es que al finalizar 1918 hubo más de 6000 contagiados. La pandemia colapsó los hospitales y lo único que el gobierno central pudo hacer fue evitar más contagios y muertes. Los funcionarios de la salud trataron de usar la prensa escrita para dar indicaciones. Los periódicos y boletines fueron una novedad en 1918 y estaban en auge. Es decir, que las instrucciones que los médicos dieron por medio de la prensa solo fueron adoptadas por un porcentaje mínimo de la población y no porque los sectores más pobres fueran desobedientes, sino simplemente porque no tenían los medios para cumplir con estas demandas.

El gobierno no le podía pedir a una familia de ocho personas que vivían en 1/4 pequeño que conserve la distancia. Era simplemente imposible. Y no importaba si imprimían 10.000 o 100.000 ejemplares de estos boletines instructivos con el número de contagiados elevándose exponencialmente. Las autoridades no tuvieron más remedio que instaurar la misma medida que habían tomado hace seis años, de hace diez años y hace 40 o hace mil años, una cuarentena que era el único método conocido por la humanidad para tratar de frenar una epidemia. Pero esta vez la población estaba harta. Ya habían tenido que pasar por esto, ya habían pasado hambre en el encierro de otras enfermedades. Y de todas maneras, a pesar de haber cumplido con estas cuarentenas, vieron morir a sus hijos y a sus padres. Sabían que ante cualquier señal de un síntoma, las autoridades los iban a obligar a encerrarse en sus casas y no les iban a dejar ir a trabajar. Y si no trabajaban, su familia no comía. Por eso la gente empezó a huir de los médicos. La única esperanza que tenían de no repetir las desgracias del pasado era si no obedecían a esta autoridad.

Era también si lograban ocultar a los médicos que tenían síntomas o que estaban enfermos. Si tenían fiebre y dolor de cabeza, fingían estar sanos. Si tenían llagas o erupciones en la piel, se las cubrían con la ropa, y si tenían tos, se lo tragaban. Sabían que si iban al médico, estos los iban a encerrar en sus propias casas. Y el problema fue que cada una de estas personas terminaron contagiando a miles de personas más. Se creó un foco infeccioso. Que terminó enfermando a casi toda la población. No importó que la otra mitad de la población haya acatado las órdenes de instrucciones de los médicos y el gobierno que venían con dibujitos en unos boletines. Ellos podían hacer la cuarentena. Y si la cuarentena funciona? Pero solo si todos, absolutamente todos, cumplen con una cuarentena? Eugenia Tognetti dice en su ensayo titulado Lecciones de la historia de la cuarentena desde la plaga La influenza, que para 1912 el mundo creía que el viejo sistema preventivo sanitario de detención y cuarentena era cosa del pasado. Los médicos venían de varias victorias contra las enfermedades, habían inventado vacunas y medicinas, habían identificado bacterias que, con la ayuda de nuevos y poderosos microscopios, pudieron ser vistas por primera vez.

Y con esto crearon sistemas para prevenir las enfermedades. Los médicos creían que gracias a la ciencia, las enfermedades habían llegado a su fin. Creían también que las viejas prácticas de salud solo serían recordadas como una antigua falacia científica. Ya en 1911 hubo médicos que creían que habían llegado a un nivel tan avanzado de tecnología médica que nunca más sería necesario usar una cuarentena. Y esa actitud costó vidas. En 1918, Italia fue el país con más muertes por la influenza. La gente vio como sus vecinos tosía sangre mientras caminaban por la calle porque sus pulmones estaban sufriendo una hemorragia letal. Estas noticias empezaron a regarse por Europa y luego por el mundo. Pero debido a que las autoridades querían ocultar la información, los médicos no pudieron actuar adecuadamente. El pánico generalizado provocó aumento en la desconfianza de la gente hacia los médicos. Solo unos años antes, en 1907, los líderes del mundo se habían reunido para crear la antecesora de la Organización Mundial de la Salud, la llamada Oficina Internacional de Higiene Pública, que tenía sede en París.

Pero cuando la pandemia atacó esta institución, no desempeñó ningún papel importante. En realidad, no hicieron nada. Fue una organización inútil. Tognetti dice que durante los brotes de peste y cólera, el miedo a la discriminación y la cuarentena obligatoria y el aislamiento llevaron a los grupos sociales de las minorías más débiles a escapar de las áreas más afectadas. Y esto contribuyó a la propagación de la enfermedad, ya que en esa época algunos expertos temían que en un mundo globalizado, el miedo, la alarma y el pánico se extiendan de manera más rápida. Por culpa de los medios de comunicación, medidas como la cuarentena requieren de la cooperación mutua para evitar prejuicios de intolerancia. La confianza de los gobiernos debe ganarse a través de las comunicaciones regulares. Todo debe ser como una red bien estructurada que realmente informe de los riesgos y peligros de la enfermedad. Pero si las autoridades no tienen ni idea de lo que están hablando y la población se da cuenta de esto, no va a haber comunicación. Las medidas adoptadas en muchos países afectaron desproporcionadamente a los grupos étnicos y marginados.

Los periódicos tomaron posiciones contradictorias sobre las medidas de salud y esto contribuyó al pánico. El periódico más grande e influyente de Italia, el Corriere della Sera, fue obligado por las autoridades civiles a dejar de informar sobre el número de muertes en Milán. Les prohibieron informar las muertes que llegó a un número de 180 por día. Y todo esto porque los informes causaban ansiedad a la ciudadanía. Causaban pánico y causaron destrucción. No hay que olvidarse que esta fue la época en la que, por ejemplo, Benito Mussolini ocupó este desequilibrio. Este pánico en Italia para poder hacer avanzar el fascismo. Y todo esto porque la gente tenía miedo. El lema adoptado por los gobiernos parecía ser que es mejor ocultar que informar. La cuarentena es una forma efectiva para controlar brotes de enfermedades, pero a la vez una cuarentena en una población tan masiva como la de 1918. Parece solo una utopía. Es imposible. Funciona con, digamos, mil personas en un barco. Solo no las dejan bajar. Pero cuando eso se transforma en millones o billones de personas en todo el mundo, es sin.

Posible. Además, las estrategias de cuarentena siempre han sido percibidas como intrusivas y en todas las épocas y bajo cualquier tipo de gobierno, han estado acompañadas de sospecha, de desconfianza y han traído disturbios. El aislamiento de las personas infectadas viene al precio de la violación de las libertades básicas de las personas sanas. Y siempre los más afectados, sobre todo económicamente, han sido las clases bajas y los grupos étnicos minoritarios. Según los datos, en Chile la cuarentena funcionó al inicio. Durante el primer año, cuando la enfermedad atacó sin aviso, hubo más de 6000 muertos. Luego se instauró la cuarentena y los muertos bajaron a menos de mil. Pero a medida que la gente dejó de cumplir las normas por distintas razones, pero sobre todo por hambre, los muertos se multiplicaron y llegaron a 23.789 en 1919. Nunca es una buena idea simplificar una tragedia con números. Se puede decir que en una pandemia las opciones se limitan a elegir entre el hambre o la enfermedad. Nunca hubo un método efectivo para impedir los contagios ni un tratamiento real para eliminar la influencia española.

Las personas simplemente aprendieron a vivir con la enfermedad y los menos afortunados murieron. Mientras que los sobrevivientes crearon defensas y sobrevivieron. Y así ha sido durante toda la historia de la humanidad. La última ola de contagios fue en 1921 y en total la gripe española dejó 40.000 muertos en Chile. No existe diferenciación entre ricos y pobres. Entre estas personas son solo muertos. Un estudio realizado en el 2018 indica que la gripe española pudo haber provocado daño cerebral en las siguientes generaciones y el impacto negativo que tuvo la cuarentena en el mundo hizo que muchos niños no pudieran ir a la escuela. Hubo un número muy alto de analfabetismo. Esto generó más pobreza y hambre en Chile. Solo ocho años después, en 1930, la Gran Depresión provocó una ola masiva de pobreza extrema, llevando a algunos habitantes a vivir en las afueras de Santiago, buscando comida, principalmente. Algunos incluso se fueron a vivir en cuevas, sin agua potable, sin servicios básicos. Ahí se crearon nuevas epidemias que ya se creían vencidas hace tiempo por estos médicos que proclamaban la victoria de la tecnología médica.

La única verdad es que el ser humano siempre ha actuado basándonos en su supervivencia y solo si los tiempos son buenos y prósperos, las capas sociales de comportamiento pueden ir cubriendo los instintos básicos. Y si algo bueno resultó de esta pandemia de 1918 es que la medicina efectivamente avanzó apoyada en la ciencia y la tecnología. Las personas alrededor del mundo aprendieron métodos más higiénicos para convivir. Más gente se tapaba la boca al toser y menos gente escupía directamente en la calle. Todas las industrias perdieron dinero. Algunas incluso desaparecieron por la parálisis y las cuarentenas. Pero hubo una que nació y a través de los años fue ganando fuerza hasta convertirse en una de las más poderosas. La industria farmacéutica. Esta industria que prometió vacunas y antibióticos para prevenir todas las enfermedades. Los líderes de los gobiernos crearon la Organización Mundial de la Salud, la ONG’s en 1948. Esta organización se iba a encargar de que una pandemia no vuelva a generar tanta muerte. Millones de dólares fueron inyectados en esta industria y en esta organización para garantizar que desde esta década en adelante, nunca más una pandemia se salga de control.

Esta vez tuvieron confianza. Tuvieron confianza en que la obediencia de la gente y la confianza en la ciencia, los gobiernos y las organizaciones harían la diferencia. El futuro era brillante. La humanidad nunca más tendría que pasar por algo así. Nunca más habría una pandemia. Gracias a Dios. Todo había acabado. Todo.

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